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PRÓLOGO
Carlos Monsiváis
En el principio y ante la tardanza de dios cristiano, Huitzilopochtli y Tláloc crearon los cielos y la tierra, y en la tierra (llamada así porque su componente mayor era el agua) la nación mexicana, un producto de la diosa Demografía, estaba desordenada pero nunca vacía, y lo primero que hicieron los dioses para beneficial el aspecto de la primera ciudad fue crear un Centro, a sabiendas de su poder de convocatoria (El Centro convoca a los alrededores) y pronto Tenochtitlan estuvo poblada y ordenada a su modo y luego vino la creación de la Provincia para fomentar las migraciones a la gran ciudad.
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Ciudad de Ciudades. Alejandro Encinas, que ha sido Jefe de Gobierno del Distrito Federal, ha dispuesto este que podríamos llamar “Informe” de la acumulación de almas, recursos naturales, edificios, instituciones, calles sobrepobladas, estadísticas que bien podrían ser vagones concurridos del Metro, problemas acuíferos, movimientos sociales y políticos, asentamientos urbanos que en un descuido van a declarar su identidad verdadera de ciudades, desastres que o se previenen o se estimulan, cifras que aturden, cifras que exigen una vida para asimilarlas, delegaciones que en su siguiente reencarnación serán magalópolis, tránsito que en su anterior reencarnación fuel Mar de los Sargazos, cuatro autos por cada diez personas (dato aproximado y congestionado), parque vehicular que se acrecienta anualmente con doscientos mil automóviles, problemas (graves) de contaminación, intensificación de la segregación socioespecial, asentamientos irregulares que se vuelven viviendas regidas usualmente por la autoconstrucción, orgullos capitalinos que asumen la forma de recuente de amenazas o de los hablantes como especies en extinción, mancha urbana que en un descuido llega a la Frontera Norte con ambiciones de migrante ilegal, automóviles de los que en un futuro tal vez cercano se dirá: “Eran el medio de transporte favorito en la ciudad, hoy son partículas de gran cementerio”, automóviles que causan el 84 por ciento de la contaminación, burocracia cuyo ritmo de crecimiento ha sido más que superado por el desempleo, conciencia ciudadana que –no obstante etapas de apatía y cinismo- crece con regularidad, tolerancia que se vuelve violencia que es consecuencia del capitalismo salvaje, la naturaleza humana, el neoliberalismo y el tamaño de la urbe…
A la lista interminable, le falta la disposición del orden todavía posible y mucho mayor del que se acepta, los “milagros” de la salvación diaria de los grandes problemas urbanos, la humanización del trato que todavía se percibe, las contiendas políticas todavía libradas, pacíficamente. A Alejandro Encinas le correspondió hacerse cardo de una etapa de la administración de la Ciudad de México. Actuó con eficacia, inteligencia, sentido autocrítico (veáse con cuidado este libro) y buena voluntad. Todo esto, desde luego, no es suficiente ni mucho menos, pero sí es bastante, y en el bastante continúa y se afianza el cambio hacia lo suficiente.
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